Artículo escrito por Julio Recloux para RAM
Cuentan que existió hace siglos en Asia Menor una cofradía de poetas que recopilaba canciones y leyendas que transmitía oralmente de generación en generación. Parte de su legado son, por ejemplo, entre otras tantas, las historias de las Mil y Una Noches. Pero se sabe que, incluso, el más antiguo y misterioso de los poemas, el de Gilgamesh, llegó hasta nosotros casi sin alteraciones, gracias al trabajo de está antigua tradición literaria.
En todo el mundo y en todos los centros de cultura, a lo largo del tiempo, han existido este tipo de escuelas que han puesto su talento y su inspiración al servicio de altos ideales, con el anhelo de sembrar una influencia positiva en el mundo, capaz de iluminar no sólo a los hombres de su tiempo, sino también a los de futuras generaciones.
Desde los primeros narradores de la Europa paleolítica, que contaban historias alrededor del fuego, pasando por los aedos en Grecia; y los juglares de la Europa medieval o los relatos de poder de los chamanes del México antiguo, hasta los movimientos vanguardistas del siglo XX, han existido estas asociaciones literarias y creemos que siempre existirán porque no sólo de pan vive el hombre.
La palabra poeta es de origen griego y viene de uate que significa el que ve, de donde a su vez, deviene vate y vaticinio. Este detalle en relación a la etimología del término nos da una idea más profunda acerca de lo que significa ser poeta, y de la función; que desde un comienzo, ha tenido la literatura en el universo simbólico del hombre.
Pero tal vez sea bueno aclarar que si bien el poeta puede en el cenit de su arte acceder a verdaderas visiones, tal como les sucede a los reformadores sociales o a los creadores de religiones, este lo hace tan sólo como artista, es decir, sin la más mínima pretensión de acceder a ninguna verdad revelada.
El arte, a diferencia de la ciencia y la religión o la política, no busca ni pretende en absoluto la verdad, sino tan sólo la belleza. Lo cual no significa que para el artista, la suya no sea en definitiva también una experiencia numinosa, que de hecho, transformará su visión del mundo. Y esto es así por el hecho de que tanto unos como otros, al inspirarse, beben de la misma fuente.
No obstante, no se debe perder de vista que cuando hablamos de arte no lo hacemos en el sentido de una esfera de actividad exclusiva de ninguna elite, sino por el contrario, en el de una verdadera experiencia espiritual que debería ser un derecho de todo hombre. Todo ser humano, por el sólo hecho de serlo, está capacitado tanto para apreciar como para producir hechos artísticos.
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