Acerca de nuestros blogs

Bienvenido al blog de nuestro taller de escritura creativa. Aquí publicamos textos teóricos de nuestras clases (calma; son los menos...) además de cuentos y poemas que escriben nuestros alumnos, producto de las consignas que propone el taller. En el margen izquierdo de la pantalla, debajo de la palabra Etiquetas, encontrarás diversos items para clickear y facilitar tu navegación. Por ejemplo, en el que dice Clases, podrás, además de leer algunos textos, obtener información acerca de los cursos y talleres que ofrecemos.



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Julio Recloux, escritor argentino, nació en Buenos Aires en 1965. Cursó estudios de psicología en la Universidad Nacional de Mar Del Plata y de Castellano, Literatura y Latín en el Instituto Superior del Profesorado Dr. Joaquín V. González. Ha sido alumno de Silvia Plager quien lo formó como escritor y coordinador de talleres literarios. Fundó el suyo en abril de 1999. Trabajó, más tarde, también, para la Secretaria de Cultura de la Nación, coordinando talleres en Capital Federal y en la provincia de Buenos Aires. Estudió la psicología de Carl Jung y la obra de Joseph Campbell. Como narrador, ha publicado junto a Ana Quiroga y otros colegas en el 2004 el libro Cuentos al oído de Buenos Aires, editado por la Secretaria de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En el 2010, publicó la primera antología de su taller bajo el título: Confabulatores Nocturni. Actualmente dirige el sello Ediciones Nueve Puntas y la revista RAM, una publicación en torno al arte, la literatura y la espiritualidad; y trabaja con sus alumnos en forma privada dictando clases individuales y grupales.
Técnica-Expresión-Danza-Epifania

Las cuatro etapas del desarrollo artístico





lunes, 5 de marzo de 2012

Taller de iniciacion a la Narrativa en Palermo


La propuesta es reunirnos una vez a la semana, café mediante, para compartir textos clásicos y contemporáneos de la literatura universal. La lectura se hará desde la perspectiva del escritor, como un aprendizaje del proceso de la creación literaria. Además, se sugerirán consignas de escritura y se comentarán y analizarán luego en una puesta en común los textos de los alumnos surgidos de dichas consignas. Durante el desarrollo del taller, se invitará a los participantes a sumarse a una antología que se publicará al fin del ciclo.

(Propuestas de lectura por parte del grupo y análisis de los mismos según las categorías aprendidas).
Duración: 2 cuatrimestres
Día y horario: jueves de 19 a 20 30hs en El Cabure (Soler esquina Ravigniani).

domingo, 26 de febrero de 2012

Taller de Iniciación a la Narrativa en El Caburé


En nuestro último encuentro del Taller de iniciación a la Narrativa que se lleva a cabo en el bar El Caburé, hemos estado revisando algunos de los tópicos frecuentes en la literatura y la teoría literaria (concepto de fantasy y sus variantes, la construcción del relato y su diferencia con el cuento, la teoría de la ficcionalización, así como la revisitación de algunas corrientes y/o autores de la literatura universal, analizados también desde un enfoque psicoanalítico). No obstante, y para propiciar la adquisición de los contenidos vertidos por el coordinador, se insta a los alumnos para que traigan sus propias producciones escritas, que responden a una/s consigna/s dictada/s durante la finalización del encuentro (que, por otra parte, recordamos, para quienes deseen anotarse, es los días jueves de 19:00 hs a 20:30 hs).

Es interesante resaltar la metodología que se implementa en cada clase: los participantes leen su producción, que puede surgir tanto de una consigna específica dada por el coordinador o puede ser un texto ya escrito anteriormente, una vez terminada la lectura hay una devolución de los compañeros y del coordinador que apunta no sólo a dar sugerencias que ayuden a mejorar la escritura, sino también a dialogar sobre las sensaciones y las impresiones generales que pueda haber suscitado el texto en los presentes. Así, en cada encuentro participamos no sólo leyendo la propia producción, sino también desde nuestro rol de lectores aportando sentido al texto del compañero, desarrollando una escucha constructiva y nuestra comprensión lectora.

En la última clase ingresaron nuevos alumnos, que compartieron con nosotros poemas y cuentos, lo que derivó en breves explicaciones sobre "prosa poética" y "el Romanticismo", que permitieron la apertura en cada estudiante de una nueva perspectiva respecto de conceptos muchas veces banalizados. Aunque estos dos temas fueron, tal vez, los más resonantes, no faltaron las charlas sobre James Joyce, las Mil y Una Noches, entre otros.

Ahora bien, más allá de toda esta presentación que apunta a resumir cuál es la dinámica de nuestro taller de escritura, lo más valioso es la conformación del grupo y los interesantes textos que se van produciendo en el decurso de estos encuentros.



lunes, 6 de febrero de 2012

OCCIDENTE Y ORIENTE: FRONTERAS

Talleres 2012: apertura de un nuevo grupo en Palermo

Desde hace ya varios siglos, las culturas occidental y oriental han entrado en contacto, fusionándose, y escribiéndose en diversos textos literarios y filosóficos. No obstante, quizás dicha transculturación se perciba más en España, donde los árabes estuvieron alrededor de ocho siglos: su legado es inmenso, pues abarca desde traducciones de escritores y filósofos griegos hasta la colección de su propia sabiduría, plasmada, muchas veces, en relatos. Se dice que Don Juan Manuel, el autor del Libro del Conde Lucanor et Patronio, e incluso el enigmático Juan Ruiz, Arcipreste de Hita y autor del Libro de Buen Amor, para citar los más renombrados.
El Romanticismo, ya centrándonos en el siglo XVIII, recolectó los relatos arábigos a la vez que se interesó por sus recursos literarios narrativos, como lo es el relato enmarcado.
La lista es inmensa, sólo menciono algunos de los tantos casos del influjo de Oriente en nuestra cultura. Es por eso que nos hemos propuesto idear un taller literario dedicado a este tema, pero de una manera informal, y trabajando también sobre las producciones de los alumnos (poesía, ensayo, cuento).
Nuestro taller iniciará a partir del proximo jueves 9 de febrero, y estará coordinado por Julio Recloux, en Palermo. El horario es de 19 a 20 30hs; la direccion es Soler esquina Ravigniani: El Cabure Bar cultural.
¡¡¡Los esperamos!!!

jueves, 19 de enero de 2012

Fantasías elementales, título de próxima aparición. Ediciones Nueve Puntas 2012


Fantasias elementales, antología del taller de escritura de Julio Recloux

Debemos a Carlos Castaneda la conservación aún en nuestros tiempos de una de las más bellas metáforas de los toltecas. Se trata de aquella que habla del Tonal y del Nahual: dos órdenes de mundos absolutamente complementarios que atraviesan no sólo nuestras vidas, sino también la de todo lo que existe en el Universo. Refiere el autor de Las enseñanzas de Don Juan que para los antecesores de mayas y aztecas existían, por un lado, el mundo de los asuntos cotidianos y, por otro, el de lo incognoscible, es decir, el mundo del misterio, el Nahual. Al primero lo representaban como una pequeña isla; al segundo como el inconmensurable mar que la rodeaba. Es decir, que para los hombres de conocimiento de este antiguo linaje, al igual que para los cabalistas, el reino de lo visible hunde sus raíces en el de lo invisible, independientemente de que nosotros seamos o no conscientes de ello.

Por otra parte, Max Weber, más recientemente, ha dicho que desde hace siglos, a partir del Positivismo, la humanidad asiste a un desencantamiento del mundo. Esto nos lleva a pensar que, tal vez, sea este el motivo por el cual, desde el punto de vista de nuestra subjetividad actual, la visión del mundo de la Antigüedad y La Edad Media, pueda parecernos algo fantasiosa o pueril.

Era aquel un mundo encantado, poblado por una miríada de seres imaginarios que reinaban sobre los elementos en fluida convivencia con los humanos y demás criaturas.

Con la llegada del Romanticismo, que para Borges se inicia en aquel instante maravilloso en que alguien, en Normandía o en París, lee Las mil y una noches y decide traducirla para bien de Occidente, surge de pronto un marcado interés por los misterios y el pasado remoto; como así también por todo lo que fuera exótico, lo cual deriva en la proliferación de leyendas pobladas, generalmente, por dragones, hadas, brujas, o genios del bien y del mal.

Es probable que los cuentos fantásticos, tal como afirman algunos historiadores, hayan surgido en Europa, más precisamente en Inglaterra, en el decurso del siglo XIX. No obstante, podemos reconocer algunos de sus rasgos esenciales en obras mucho más remotas como las de Homero, la Biblia o El Mahabarata. Ahora bien, si por alguna razón tratáramos de describir de manera sencilla cuál es la médula íntima que hace a este género, nos encontraremos con enormes dificultades, pues no hay un solo tipo de cuento fantástico. De todas maneras, a fin de dar con ciertas generalidades capaces de orientar al lector, diremos que lo que hay mayoritariamente en este tipo de relatos es cierta vacilación que nos asalta acerca de si en verdad hay en lo que se nos narra un hecho sobrenatural que transgrede las reglas de la lógica convencional, o se trata en cambio, tan sólo de una alteración de la percepción del protagonista o de quien lo relata.

Para algunos analistas la gran aceptación que ha tenido siempre este género desde su surgimiento es producto del cambio de paradigma al que aludimos más arriba.

Acaso un claro ejemplo de esto y del gran escepticismo que caracteriza nuestra actual visión del mundo podemos hallarlo en la siguiente anécdota de nuestra historia literaria:

Cuentan que cuando Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo comenzaron a compilar los cuentos para su Antología de la literatura fantástica, surgieron algunas controversias entre ellos respecto de qué título sería el más apropiado. Los tres sentían cierto desagrado hacia la palabra fantástica, porque la asociaban con señoras exclamando: “¡Fantástico, fantástico!” como sinónimo de “¡Excelente!” o ¡Extraordinario!” Fue entonces cuando a Borges se le ocurrió que, tal vez, podía funcionar Cuentos irreales, título que finalmente desecharon, pues conjeturaban que la gente de esta época siente un profundo rechazo por lo irreal y temieron que eso fuera en desmedro de la lectura del libro.

Para Carl Jung la humanidad, al no tener conciencia del espíritu de la época, ha oscilado vanamente hasta el presente de un extremo al otro del péndulo, entre el pensamiento mágico de la Antigüedad y el pensamiento racional de la Modernidad, sin comprender que en ambos casos se ha estado cometiendo el mismo error salvo que en sentido opuesto. Cortázar, por su parte, hablaba del sentimiento de lo fantástico o del extrañamiento en referencia no sólo a las cuestiones literarias, propias del género, sino a una cierta manera de ver el mundo en la cual, en cualquier momento, algo del orden de lo fantástico o de lo misterioso irrumpe en nuestras vidas para revelarnos lo poco que sabemos en verdad sobre la esencia última de las cosas.

Esta idea del célebre y por cierto muy lúcido autor de Rayuela nos remite una vez más a la metáfora de los antiguos toltecas y nos invita a pensar que, cuando perdemos de vista el inconmensurable mar del Nahual, nos encerramos nosotros mismos sin necesidad en nuestra pequeña islita de todos los días, erradicando automáticamente de nuestra existencia la posibilidad de lo maravilloso. Lo cual ensombrece nuestra vida como la de aquellos oscuros pobladores de la mítica caverna platónica.

Creemos que una de las más sublimes funciones del arte es la de desautomatizar nuestras percepciones y facilitarnos una reconexión que nos permita volver a ver las cosas y a nosotros mismos como por vez primera. Algo de esto hemos tenido en mente al proponernos trabajar en la escritura y la compilación de los cuentos que conforman esta obra. Deseamos que este libro, que hoy ponemos en circulación, pueda depararle al lector sensible algo de la inspiración y la motivación que nos brindó a todos los que hemos participado de su construcción, y servirle a modo de una apertura capaz de hacerle reconsiderar ciertas marcas de nuestra época que le eviten la mezquindad de todo racionalismo: “reducir la maravilla de este mundo mágico y misterioso a un absurdo manipulable”.

sábado, 24 de diciembre de 2011

De qué hablo cuando hablo de escribir


Hay quien afirma que al morir veremos pasar, en unos minutos, la película de nuestra vida: cada gesto, cada palabra pronunciada o silenciada, cada uno de nuestros actos sobre la tierra, se proyectará en el teatro de nuestra psique en una última función donde, igual que en los sueños, seremos a la vez, director, actor y espectador. A veces, pienso que así como a otros les basta interrogar un espejo para saber quiénes son, los escritores buscamos nuestro reflejo en la escritura. Concebir una trama, dar a luz unos personajes, escucharlos atentamente tratando en lo posible de no interferir para saber qué les ocurre, de dónde vienen, hacia dónde van; nos ayuda, nos revela una actitud que quizá nunca habíamos advertido y desnuda poco a poco, en definitiva, la manera particular en la que, consciente o inconscientemente, elegimos ver el mundo y lo que nos pasa. Creo que así como un padre se revela a través de sus hijos, un escritor lo hace a partir de lo que escribe.

No hace mucho, Haruki Murakami escribió: De qué hablo cuando hablo de correr, libro en el que el autor nipón, devenido en un ícono de la cultura pop de alcance global, desarrolla una especie de autobiografía muy original en la que parte de sus vivencias como maratonista para ir trazando, a su vez, un paralelo con otra de sus grandes pasiones: la escritura de cuentos y novelas. “Casi todo lo que sé sobre la escritura lo aprendí corriendo cada mañana”, dice Murakami sabiendo que tal afirmación logrará desconcertarnos por completo. Leyendo este libro suyo he pensado en lo maravilloso de este don que tenemos los seres humanos para dar sentido a las cosas que hacemos y encontrar semejanzas o correspondencias, allí donde para otros acaso no hay nada. Es decir, en lo importante que es liberar nuestro potencial creativo para poder resignificar lo que hacemos, permanentemente, y repensar el modo en que queremos seguir llevándolo a cabo, pero de tal manera que nos permita hallar siempre nuevas facetas y establecer finalmente otras conexiones.

Otro buen ejemplo de lo que quiero decir con esto lo podemos apreciar en lo que hizo Bruce Lee con las formas tradicionales del arte marcial, tal como se venían practicando en China desde hacía siglos. Este genial y brillante atleta que, además era profesor de filosofía, y que llegó a ser luego una celebridad de Hollywood debido al éxito rutilante de una serie de films que lo tenían como protagonista, fue el fundador del Jeet Kune Do, un arte marcial que Lee concibió tras largos años de búsqueda y de estudios muy meticulosos en el intento de dotar a esta práctica milenaria de un estilo fluido y abierto, en donde hubiera lugar para la espontaneidad y la improvisación sin que el practicante tuviera que estar atado a ninguna forma que lo limite. Y es que para el autor de El Tao del Jeet Kune Do lo más importante era, justamente, tener el no camino como camino y la no limitación como limitación”. Su ecléctico estilo lo obtuvo fusionando diversas técnicas provenientes del Wing Chun, la esgrima, la lucha greco-romana y el boxeo americano (se cuenta que Bruce admiraba tanto a Muhammad Alí que tomó de él ese clásico bailoteo con el que el más grande campeón de peso completo de todos los tiempos, se desplazaba sobre el ring deslumbrando a sus miles de seguidores en todo el mundo).

Ahora bien, quizá nosotros, podemos pensar que es propio de la cultura oriental esto de ver detrás de cualquier actividad humana aparentemente ordinaria como podría ser por ejemplo el running o la práctica de un arte marcial una posible vía de iluminación (bástenos mencionar aquel libro inolvidable por lo exquisito: El zen en el arte del tiro al blanco), pero debemos recordar que también en Occidente tenemos ejemplos de algo análogo. Sabemos que para Carlos Castaneda, por citar un caso, la escritura no era tan sólo un ejercicio de simple literatura sino más bien una operación más de la brujería: “cuando escribas tus libros no lo hagas como un simple escritor sino como un brujo”, le recomendó más de una vez su nahual, el viejo indio yaqui, que le transmitió las claves del arte del ensueño.

La leyenda personal

El ser humano posee un enorme potencial en su interior a la espera de ser actualizado. Todos nacemos con un gran tesoro que habrá que descubrir y desenterrar. Parte de esta riqueza interior que como dijimos, aguarda a ser encontrada para ver qué hacemos con ella, reside en nuestro potencial creativo. Pero habrá que liberarlo para que no sobrevenga la frustración y la enfermedad, porque sino logramos que fluya, sucederá como con el agua que se estanca en el curso de un río. El hombre es un ser creador, pero si no puede o no sabe cómo crear, se vuelve un ser destructivo. Esta condición negativa puede volverse hacia su propio entorno, hacia los otros, o incluso contra sí mismo. La escritura creativa en este sentido es una disciplina artística que abre canales de expresión y permite que este potencial sea liberado y desarrollado en función de poder constituir con él nuestra obra. Todas las artes, cada una a su manera, cumplen esta función que, como se verá, va mucho más allá de meras cuestiones estéticas.

Alce Negro nunca se hubiera convertido en el gran hechicero de los sioux, si antes no hubiera logrado darle una forma al contenido de sus visiones para ofrecérsela a los suyos y renovar así su cultura. Desde los nueve años sufría de una serie de terribles visiones que lo asediaban. Con el tiempo, éstas le produjeron una severa fobia a las tormentas que le recordaban el tronar de los caballos que aparecían en ellas y así su cuadro se fue agravando sin que nadie, ni siquiera los médicos que comenzaron a tratarlo (ni siquiera la medicina del hombre blanco) pudiera aliviarlo. Incluso para algunos miembros de su clan, Alce Negro, simplemente estaba enloqueciendo.
Cuatro grupos de hermosos caballos venidos de los cuatro puntos cardinales se reúnen mientras el creador de la Danza de los Caballos ve y escucha a los espíritus ancestrales de su tribu que lo llaman, le dan la hierba del lucero del alba y le revelan nuevas formas de vida para su comunidad. Esta gran visión se le apareció por primera vez en el año 1872 y lo acompañó con leves variaciones durante el resto de su vida. Para algunos analistas, lo que ocurrió con este indio sioux fue que vivenció de una manera muy subjetiva y, por cierto, algo caótica, pero muy profundamente, la gran crisis que atravesó su comunidad a partir de la llegada del hombre blanco. Un día, alguien se cruzó en su camino y le sugirió que fuera a ver al brujo de la tribu. El viejo chamán, luego de escucharlo, le dijo simplemente: “tus visiones te hacen daño sólo porque te las guardas para ti. Cuéntaselas a tu tribu y te aliviarás”.

Al tiempo, Alce Negro, ayudado por el chamán, representó esta visión para los suyos y creó un ritual con caballos verdaderos. Todo el pueblo lo celebró y, aunque luego fueron arrasados por los gringos, su legado no se perdió y sobrevivió hasta nuestros días. El más famoso hechicero sioux logró de este modo mucho más que una cura para su fobia, descubrió su vocación, le dio un nuevo sentido a su existencia y resignificó la cultura de su pueblo.

Y es que, ciertamente, por paradójico que nos resulte, en un mundo donde ningún camino lleva a ningún lado, basta que nuestro corazón escoja el suyo para convertirlo, automáticamente, en la calle que conduce a la realización de nuestra leyenda personal.

Escritura y Alquimia

Escribir para mi es como encender una lámpara en un cuarto en penumbras. Cuando cierro un poema me lleno de entusiasmo y puedo disfrutar más de las pequeñas cosas. Se renueva mi ilusión y experimento unas tremendas ganas de vivir y tener nuevas experiencias que luego, indefectiblemente, acabaran siendo material de nuevos escritos. Resumiendo, la cuestión se reduce a una suerte de extraña circularidad que consistiría en: vivir para escribir y escribir para vivir.

Cuentan que los magos del mundo antiguo, antes de iniciar cualquiera de sus curiosas operaciones, dibujaban un círculo protector contra las poderosísimas fuerzas que iban a invocar. La escritura para mi es una forma de la alquimia. Un poeta es su propia piedra filosofal. En su alma, se tensan, se baten, se anudan y desatan las potencias que lo habitan. Su escritura es a un mismo tiempo una manifestación de su magia y circulo protector. Allí, en el poema, hallamos los lectores el registro minucioso de sus luchas, sus éxitos, sus fracasos y de su comunión con dioses, ángeles y dragones; su descenso al inframundo y su ascenso a las más altas esferas. Todo está allí, latiendo en esa verdad desnuda, inquietante y conmovedora de los versos.

Por eso un poema es a la vez, a su modo, todos los demás (como una mujer es todas las mujeres o un hombre todos los hombres) y por eso se me ocurre que el lector que lo busca, lo encontrará tarde o temprano, pero no como algo externo sino como reflejo de su propio poema interior. La poesía, se me antoja, es entonces el misterioso encuentro de ese verso secreto, innominado, silencioso de un lector, y este otro que alguien capturó en una palabra que sana. Lector y escritor, de este modo, no son sino dos caras de una misma moneda.

No pocas veces me pasa cuando escribo que no encuentro las palabras porque lo que quiero expresar está más allá del lenguaje. Supongo que es esta impotencia lo que me mueve a desafiar el idioma y violentarlo. “Un poema es un milagro”, me dijo una vez un poeta callejero mientras ofrecía los suyos en el subte. No se me escapa que el poema ideal nunca se alcanza ni que el día que lo escriba mas valdría caer fulminado por un rayo porque ya nada quedaría por hacer. Todo lo que escribí, lo que escribo y lo que escribiré, no son sino sólo una serie de pobres borradores, ensayos imperfectos, intentos infructuosos, pero inflexibles por componer ese esquivo poema ideal que como el horizonte plantea la paradoja de la cercana lejanía. Pero que son nomás, al fin y al cabo, una excusa para trabajar, en verdad, por alumbrar en el interior el oro de la milésima mañana.

Lao Tse declaró hace siglos que en cualquier ejemplar del I Ching mora un ser fabuloso dispuesto a responder todas las preguntas de los hombres con sólo arrojar tres monedas al aire. Yo quisiera saber si ese ser inmortal y omnisciente (que para mi tiene la forma de un gran dragón) es el mismo que subyace bajo la forma de cualquier otro objeto del mundo (por ejemplo, en las rugosidades de una hoja que cae de un árbol o en el reflejo de la luna sobre el río o en la boca pintada de una mujer que se mira en le espejo) y también si ese ser incesante no será acaso lo único que existe.

Un día, también a mi me tocará partir de esta isla que para los cabalistas es Malkuth y regresar a mi patria celeste, pero antes le daré mis versos. Acaso simule un olvido y los deje en cualquier mesa del bar de avenida Triunvirato, o los oculte en el zaguán de la casa de Londres y Liverpool (en Parque Chas), o los arroje como una botella al mar, quién sabe. Pero es mi deber, supongo, advertir a quien los recoja (a vos hipotético e intrépido lector) que cruzar una puerta, doblar una calle, o leer un poema, nunca es un acto banal.

jueves, 27 de octubre de 2011

Presentación del libro de Rosa Ginter


Presentamos el libro: Las aguas de la memoria y el olvido, de Rosa Ginter
Ediciones Nueve Puntas, Buenos Aires 2011

jueves, 20 de octubre de 2011

Las aguas de la memoria y el olvido


Presentamos el libro de Rosa Ginter, Las aguas de la memoria y el olvido (Ediciones Nueve Puntas)

Una de las representaciones simbólicas más interesantes sobre el misterio de la muerte (tópico que aparece, como no podía ser de otra manera, en todas las literaturas del planeta desde el principio de los tiempos) se la debemos a los antiguos griegos. Según los poetas de la patria de Homero, había dos enigmáticas fuentes a ambos márgenes del Aqueronte que aguardaban a las almas de los muertos en su postrera travesía a la casa de Hades. Éstas se hallaban justo en el umbral que franqueaba el acceso al mundo del cual nadie retorna y, según la leyenda, podían conceder a quienes bebieran de ellas, o bien la memoria, o bien el olvido.

Hay en este libro de Rosa Ginter, cuyo título nos remite al relato mitológico recién mencionado, algo del orden de la evocación: un efecto de sortilegio que nos acompaña de principio a fin de su lectura. Los poemas que lo configuran son algo así como una recherche que nos invita a viajar por el tiempo. Pero no es este un tiempo cualquiera sino que es, por el contrario, un tiempo vivido y, por lo tanto, susceptible de ser recapitulado una y otra vez gracias a la modesta magia de los versos.

Diríamos que se trata entonces de un tiempo mítico que como el mar (un mar hiperbólico que excede el marco de la geografía poética y nos arrecia, y embeleza por igual desde su omnipresencia) genera una corriente por la que, precisamente, fluye Las aguas de la memoria y el olvido.

En cuanto al tema de los arquetipos que más recurrentemente aparecen en esta obra, nos parece que hay en lo implícito algo que nos remite al arquetipo lunar en su correspondencia con el mar, en tanto fuente de la que surge la vida, como así también, por otra parte, desde lo subjetivo, vemos una relación simbólica también con el pasado y, por ende, con el inconsciente.

La Luna gobierna sobre las aguas. No importa si se trata de lluvias, ríos o mares abundantes en peces. Ella marca un ritmo, un pulso constante; un abrir y cerrar, un perpetuo atar y desatar. Tal vez por eso se la tiene como ícono de la resurrección de las almas. Su influjo actúa sobre todo lo que fluye como la circulación de la sangre, la cicatrización de una herida, el crecimiento del pelo o las plantas. Por su ciclo de veintiocho días está asociada a la mujer y por lo tanto a la fertilidad. Y se sabe que también incide sobre los alumbramientos.

La gente del campo sigue muy de cerca los ciclos lunares sobre todo antes de sembrar o cosechar los frutos de la tierra. También se la asocia con los espejos porque su fuego es el reflejo del sol. Se dice que Pitágoras tenía uno mágico que ante la luz lunar mostraba el porvenir. Hay algo inefable en la Luna que desde siempre ha despertado nuestra imaginación, inspirando a los poetas. Hay en este cuerpo celeste un halo de eterno retorno que acaso la hace resplandecer muy especialmente entre todos los arcanos. Incluso para Robert Graves, la poesía, en definitiva, no es otra cosa que una derivación del lenguaje de los magos para quienes “la hermana del espejismo y del eco” era el símbolo manifiesto de una antiquísima diosa muy reverenciada (y temida) por casi todos los pueblos de la Europa paleolítica.

Pero volviendo a la obra que estamos presentando, diremos que, dentro de esta simbólica del mar que trabaja su poesía, está también, al mismo tiempo, el tema de la admiración (rayana en devoción), y el temor que éste provoca en las almas sensibles. Es éste un mar que a veces aparece como “poderoso, apacible y misterioso”, como “vínculo de pueblos”, pero también, en su faz oscura, como un “anochecer de desencuentros”. Metáfora, a veces, de nuestro incierto destino y personificación, en otros pasajes, de un poder complejo y ambivalente que nos recuerda al colérico Poseidón o al Jehová del Antiguo Testamento, que tanto es capaz de “besar las arenas quietas” o “castigar las rocas con impetuosa fuerza”. Un mar en ocasiones enigmático, que puede ocultar en sus profundidades sirenas cuyos deseos bien podrían resultar funestos, o asaltar a los marineros inexpertos con el veneno de la nostalgia. Tal como le sucediera al héroe Ulises en la Odisea.

Un mar que en algunos versos adquiere cualidades fantásticas, que sabe de la vida, pero también sabe de la muerte. Y hasta puede devenir magnánimo y condescendiente para conmoverse ante el juramento de dos enamorados que sellan su unión escribiendo sus nombres en la playa.

No obstante lo dicho, hay también otros motivos que aparecen en la poesía de esta autora, algunos de los cuales son: los lazos de pertenencia, el arte y la locura, el compromiso social y la transitoriedad. Sobre este último, no podemos dejar de asociar aquella conmovedora escena de la leyenda de Gautama el Buda en la que luego de ver un anciano, un enfermo y un muerto, se le revelan las tres marcas de la impermanencia.

Por último, quisiéramos hacer una mención acerca de los breves relatos que alternan con los poemas, historias mínimas plenas de un profundo humanismo que bastan para dar cuenta de la capacidad de Rosa Ginter también como narradora.